Cuando la perversión es obediencia: Chile, 11 de septiembre 1973

Cuando la perversión es obediencia: Chile, 11 de septiembre 1973

 

La noche del 11 de Septiembre de 1973, en la primera aparición pública de la Junta Militar, se comunicó que el país estaba en guerra con la siguiente frase: “Tenemos la certeza, la seguridad de que la mayoría del pueblo chileno está contra el marxismo, está dispuesto a extirpar el cáncer marxista hasta sus últimas consecuencias” (Guzmán, 1996). Con la metáfora del médico social y de la higiene, propia del s. XX y de la Ilustración, el comunismo fue por muchas décadas, tanto en Chile como en Occidente,  el enemigo inmoral y perverso de las naciones: la síntesis del mal absoluto. Su derrota era entonces, una lucha moral y el pueblo debía ser un agente de legitimidad. De ahí a que aún se justifique la dictadura bajo el argumento de la defensa de un pueblo, de la defensa de la libertad y de la justicia social. El 11 de Septiembre le enseña a Chile, como Auschwitz a Alemania, que en el s. XX nació un nuevo tipo de perversión que, en una metamorfosis muy particular en relación a la Ley, autorizó a hombres aparentemente corrientes a cometer, en nombre de la obediencia de una norma, los crímenes más monstruosos de la historia. Los fascismos en el mundo y el nazismo en especial, inventaron un nuevo tipo de criminalidad que pervirtió la razón de Estado y  la noción de perversión en sí, puesto que en semejante configuración el crimen se comete en nombre de una norma racionalizada y no en cuanto expresión de una transgresión. Es en estos casos donde, paradójicamente, el crimen no constituye el resultado de la inversión de la Ley, sino que todo lo contrario: su total seguimiento (Roudinesco, 1996). De ahí que se pueda hablar de una racionalidad perversa del Estado.

Y es que hay algo de la racionalidad en toda forma de perversión. Hay una suerte de “estructura arquitectónica” de todo sistema perverso que responde a un cierto orden, un método, en última instancia, una disciplina en el ejercicio del deseo, lo que, desde Lacan (2013) sabemos que tiene profundos vínculos con la racionalidad moral kantiana. Lo cual contrasta con la visión habitual del perverso como un sujeto entregado a un goce sin restricción, liberado de todas las cadenas, ejerciendo de hecho una libertad sin trabas morales hasta el punto de negar al otro, que es solo un objeto de su goce narcisista. En Lacan, en cambio, la figura del perverso no es la de un libertario sino que la de alguien profundamente aferrado a la Ley, la que reclama y exige el derecho al goce, esto con el mismo rigor que el imperativo categórico kantiano. Y en ello no es solo la víctima la que es degradada a condición de objeto, sino que también, y quizás de manera más radical, es el perverso mismo el que se hace objeto o instrumento rígido de esa Ley. En ese sentido, al perverso, más que abolir al otro, lo que le interesa es construir un Otro completo, una Alteridad sin falta, llevar a cabo el ejercicio del goce por fuera de la castración, que es lo que le demanda esa Ley.

Libros (Versiones en español)

Lacan, Jacques. (2013). Escritos 1, “Kant con Sade”
Marker, Chris. (1996). La Batalla de Chile (Dirección: Guzmán, Patricio)
Roudinesco, Élisabeth. (1996). Nuestro lado oscuro: Una historia de los perversos
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